Oblatos

“El oblato benedictino secular – como dice el Art. 2 del Estatuto de los oblatos benedictinos seculares italianos, aprobado definitivamente en el año 2000 – el cristiano, hombre o mujer, laico o clérigo que viviendo en su propio ambiente familiar y social, reconoce y recibe el don de Dios y de su llamada a servirlo, según la potencialidad y exigencia de la consagración bautismal y del propio estado; se ofrece a Dios con la oblación, inspirando el propio camino de fe con los valores de la Santa Regla y de la tradición espiritual monástica benedictina”.

Oblatus, participio pasado del verbo latino offerre, indica la acción de ser ofrecido, y, en la RB 59, esta descrita el proceso de la oblación de los hijos de parte de los nobles, que envolviendo la mano del pequeño en el mantel del altar, lo donaban para siempre al Señor en el monasterio al cual dirigían la petición prescrita.

El testimonio de la practica descrito anteriormente se revela ya, en el II libro de los Diálogos de San Gregorio Magno, donde se encuentran citados casos de hijos ofrecidos de patricios romanos a Monte Casino, para ser educados al servicio de Dios.

Desde ese momento, antes de terminar el tiempo de la patria potestad, imponían la elección de vida para los propios hijos, también se encuentran oblatos adultos que ellos mismo se ofrecían al monasterio. Algunos ofreciendo su propia actividad, prefiriendo el ambiente monástico de trabajo a otros o deseando liberarse del dominio de los potentes señores. Otros se afiliaban a un monasterio pro remedio animae asegurándose la oración de los monjes para la conversión de ellos y de sus costumbres y para la salvación de sus almas y frecuentemente pedían ser sepultados en el cementerio monástico.

La historia registra, en el trascurso de los siglos, varios modos de ligarse espiritualmente a una comunidad monástica, viviendo al interno de los muros del monasterio, portando un especial habito o frecuentando el monasterio para la oración o el trabajo. Algunas figuras fueron tomadas como modelos. Señalamos dos mujeres: S. Francisca Romana (1384 – 1440), patrona de los oblatos, y Elena Lucrecia Cornaro Piscopia (1645 – 1684), la primera mujer venerada en el mundo.

Francisca, oblata del monasterio olivetano de Santa Maria Nueva en Roma, dedico toda su vida a la paz de su ciudad y a la unidad de la Iglesia; se interesaba de los pobres, de los enfermos, de los moribundos, de la reconciliación de los adversarios. Esposa, madre, viuda, miembro de autoridad de la comunidad, fue siempre animada por la oración y el ejercicio de la obediencia.

Elena Lucrecia Cornaro Piscopia, fue proclamada en 1678 magistra et doctrix en filosofía. Formada en los clásicos, critica en el confronto del aristotelismo tradicional y atenta a la experiencia natural, concreta y decidida en su elecciones políticas, fue una piadosa oblata, empeñada en el estudio y el ejercicio de la caridad, en la oración sencilla y en la participación a la liturgia monástica, primero en S. Giorgio en Venecia, donde ratifico su oblación, después en la Abadía de Santa Giustina en Padua, donde esta sepulta.

De la época de San Benito hasta hoy, la RB, es la guía del oblato, el punto de referencia constante desde momento en que se siente el llamado a vivir en modo conciente y radical la inserción en el cuerpo de Cristo, el cual ha iniciado en el Bautismo, ligándose espiritualmente a una comunidad monástica benedictina.

Estableciendo un ligamen estrictamente personal con el monasterio, y que de esta familia se siente llamado a formar parte, el oblato escucha (primera palabra de la RB) y ob-audisce, inclina el odio de tu corazón y luchando contra la inercia del espíritu, se pone a caminar...

Su vida se caracteriza por una constante búsqueda de la voluntad de Dios y de las maravillas que Dios hace en medio de su pueblo, descubre en infinitos modos en los que El se revela, en el Texto Sagrado: Palabra de Dios de la cual el oblato se nutre en el ejercicio cotidiano de la Lectio Divina, en la naturaleza, en los acontecimientos de cotidianos, en los instrumentos de trabajo, en las personas: monjes y oblatos, a él dados como hermanos y hermanas. Se caracteriza en el vivir en la presencia de Dios, en comunión con el propio monasterio, una alabanza que es la alabanza de la Iglesia, dando gracias al Padre en Cristo Jesús, obra concordando su mente con su voz (cfr. RB 19,7).

El oblato vive de su propio trabajo (cfr. RB 48,8) y es conciente de que así da un servicio a todos los demás hombres sus hermanos, y de colaborar activamente a completar la divina creación (cfr. GS Concilio Vaticano II) que exhorta a los lacios para que “aprendan a ofrecerse a si mismos, día con día, por medio de Cristo, sean perfeccionados en unidad con Dios y entre ellos, de modo que Dios sea finalmente todo en todos” (SC 48). Es este un programa de vida para los oblatos, llamados, como los monjes y las monjas, a la unidad (monos), a la simplificación y unificación de si mismos, en el interminable camino del conocimiento de si, a la continua reconciliación con Dios y con los hermanos, a recuperar y custodiar la armonía del cosmos, a obrar la paz; el todo perducatum Evangelii (RB 72,11), que es la afirmación de Pablo “ya no soy yo quien vive en mi, sino es Cristo, quien vive en mi” (Gal 2,20).

Por eso el Estatuto ya citado dice, en el art. 3: “El oblato se empeña por una forma de vida que es en progresiva configuración con Cristo, único motivo de su oblación y de la espiritualidad benedictina, que con su misma vida buscara de irradiar en el mundo, llegando a ser un testimonio de la perenne vitalidad de la vida cristina, dentro de la misma experiencia cristiana”.

Mientras crece el ligamen de fraternidad autentica entre los oblatos de un mismo monasterio, con la estima, respeto, el compartir la Palabra escuchada y celebrada, la meditación orante, la reunión de personas en el nombre del Señor; las relaciones cercanas entre los grupos de oblatos ayudándose a vivir la dilatación del corazón (cfr. RB Pról., 49), y así la acogida de nuevos miembros, de nuevas situaciones, de nuevos huéspedes, por los cuales se recibe la perenne novedad de la historia que es Cristo.

Por el descubrimiento del intercambio entre varios grupos de oblatos han sido instituidas , en Italia, organismos de unión, entre los cuales tienen un papel fundamental la Asamblea de Coordinadores de grupos, que se reúne, en la sede ordinaria, cada tres años, convocada y presidida del Coordinador Nacional; y el Consejo Directivo Nacional, que se reúne al menos dos veces al año por la convocación del Coordinador Nacional, el cual esta compuesto de nueve oblatos elegidos por la Asamblea en representación de las tres zonas geográficas: Norte, Centro, Sur-Italia, también con el Asistente Nacional y dos vice-asistentes designados de los organismos intermonasteriales benedictinos nacionales.

Profundamente convencidos del valor del monaquismo, los oblatos están empeñados a conservar y trasmitir el carisma benedictino, interpretándolo con fidelidad creativa, señalando nuevos caminos y asumiendo la plena responsabilidad, para que las modalidades diversas de vivir el carisma, según los otros estados de vida, no lo disminuiscan, mas bien puedan hacerlo crecer con mayor fecundidad y se unan profundamente en el misterio de comunión de la Iglesia y se coordinan dinámicamente en la única misión, para la universal vocación a la santidad y a la plenitud del amor.

La oblación es el acto litúrgico-espiritual reconocido por la Iglesia (cfr. Estatutos Art. 3), resulta después de un perdió de formación, que se prolonga por un periodo que es variable, a juicio del Abad o de la comunidad, con el cual el aspirante entra a formar parte. Se concretiza bajo la guía del Abad o de un delegado, en el camino personal de conversión propuesto de la RB, en la participación a la oración y al trabajo monástico, en modo muy diverso de un monasterio al otro, en el dialogo, muchas veces con un enriquecedor encuentro.

Creciendo en la fe y con la practica de las buenas obras (cfr. RB Pról., 21), los oblatos se empeñan a mostrar a Cristo Señor de la historia.

Por eso ven en el mundo de hoy, que se presenta fragmentado, disonante, banal y que va de prisa, dedicado al consumismo y en busca de evasiones, un mundo en el cual las raíces familiares y sociales parecen disolverse, ven este mundo con una mirada pascual, con la seguridad de que “todo es por el bien de aquellos que aman a Dios” (RM 8, 28).

En el espacio-tiempo en el cual Dios nos ha puesto, todos debemos aprender a descubrir la semilla espiritual, la potencialidad infinita, natural y de gracia, escondida en nuestro hoy, que nos circunda, del cosmos, sin dejar jamás de ir hacia Aquel por quien “vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28).

En esta perspectiva los oblatos italianos ven el presente y el futuro, empeñándose cada día por la promoción de los valores del Reino, a crear las condiciones humanas para la paz, la justicia, la libertad, la dignidad, la solidaridad, el dialogo, siendo como la levadura entre la pasta, con competencia y responsabilidad, junto con la misericordia y compasión.

La caridad perfecta tiene un inicio – nos enseña nuestro Padre San Benito – soportándonos pacientemente unos a otros las debilidades físicas y espirituales (cfr. RB 72,5).

La discreción, una virtud benedictina, que tiene en si misma un sentido de equilibrio, humildad y simplicidad de corazón, que son la raíz de la evangelización de nuestro mundo.

La nostalgia de la unidad, de la armonía consigo mismo, con Dios, con los hermanos y la naturaleza, están en lo profundo del corazón de cada hombre y esperan la fuerza que las haga salir fuera y las conduzca a la plenitud.

Sitio Oficial del Comité Organizador para el Congreso Mundial de los Oblatos Benedictinos